Crónica mínima del amor
Te besé la comisura de los labios,
ese punto exacto
donde el deseo aprende a callarse.
Tú me plantaste un beso en la mejilla,
como quien deja una semilla
sabiendo que quizá no verá el árbol.
Luego fuimos al cine.
La pantalla contaba otras historiasmientras la nuestra
ensayaba su primer silencio.
Allí supe del beso
no como escándalo,
sino como nombre secreto
del vértigo.
Te amé.
Te lloré
con la dignidad torpe
de quien pierde algo
que nunca fue del todo suyo.
Te casaste.
Te divorciaste.
Y el amor —animal testarudo—
siguió rondando la casa
aunque le cambiara la cerradura.
Trabajamos juntos,
como dos testigos del mismo incendio.
Nos reencontramos
sin abrazarnos del todo,
como hacen los ríos
cuando ya aprendieron a fingir distancia.
Buscaste otro trabajo.
Yo encontré otro.
La vida movió sus piezas
convencida de saber el final.
Hoy te veo en la televisión todos los días:
imagen, noticia, luz ajena.
Apago la pantalla
y queda lo verdadero:
te amo
como aman los relojes
lo que ya no pueden detener.

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